Page 31 - Libro Autonomia Universitaria
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Roberto Pérez Caballero - Jorge Mejía Turizo - Aura Milena Pautt López
Esas referencias del modelo antiguo de autonomía de las ciudades-estados pueden
inexorablemente servir de apoyo para entender que las emancipaciones del espíritu se
entendían en la antigüedad dentro de una colectividad, en los límites de esa comunidad, es
decir, en el marco de la ciudad (Ferro, 1995) y para el caso que atañe a este trabajo investigativo CAPITULO 2
puede interpretarse para los fines pertinentes en el marco de la vida interior de las instituciones
con carácter universitario.
Entrando a la cuestión especifica de autonomía para los centros de enseñanza, podría
señalarse que desde el pergamino de 1158 de Federico Barbarroja, el primer documento oficial
destinado a las universidades –en este caso concreto a la universidad de Bolonia- se establece
la autonomía concediendo a profesores y estudiantes numerosas ventajas, privilegios o
prerrogativas, al parecer no solo destinadas a procurar una verdadera vida universitaria,
sino a atraer a los estudiantes según la costumbre de la época. Pero la misma creación de
las universidades o centros de instrucción había sido en forma autónoma, no solo había sido
independiente de ordenamientos estatales, sino que gozaban de mayor prestigio aquellas
que no fueron creadas por tales ordenamientos. Podría de alguna forma y en igual sentido
considerarse una manifestación de autonomía la gran movilidad que tenían los maestros
y discípulos y, en consecuencia, las universidades de la época medieval. Pero es también un
documento oficial del emperador Federico XI el que prohíbe a los estudiantes de Nápoles
matricularse en universidades extranjeras y ordena a quienes están en otros sitios regresar, lo
que se instituyó a todas luces en un acto oficial contrario a la autonomía que concedía tal
movilidad de estudiantes y profesores.(Ruiz, 2000)
A la postre del siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX en Alemania, los acontecimientos
relativos a un verdadero autogobierno de la universidad y su propia libertad eran precarios y
bastante frágiles. Muy próximos a esa período la aparente independencia y autodeterminación
concedida a las universidades constituía una herramienta demagógica para un gobierno
totalitario: los dirigentes del poder político de esta forma fingían ilustración y además revivían
un legado medieval arruinado por los galos, ahora sus más acérrimos enemigos. Esa autonomía
en realidad se aplicaba solamente para la posibilidad de investigar en las ciencias básicas
que eligieran e incluso crearan libremente los académicos. No obstante, una designación de
un cargo universitario no era prenda de libertad de pensamiento; la subordinación de los
profesores a una contratación por el estado limitaba la libertad de pensamiento, investigación
y de cátedra. Un mecanismo para conservar el derecho a la libertad de expresión dentro de los
planteles de enseñanza universitaria, los educadores resolvieron declarar que la investigación y
la academia en nada se relacionaban con posiciones críticas. Esa postura se admitió, de manera
generalizada en la universidad alemana de entonces, situación esta desfavorable que perdura
en algunos de claustros universitarios, de alguna manera por motivos afines pero obviamente
con diferentes circunstancias contextuales.
Por otra parte, la autonomía para la selección del personal docente en el modelo universitario
de Inglaterra no solo se basaba en los méritos que el candidato había logrado conseguir en la
investigación, como ocurría en Alemania, sino que podía conllevar un juicio subjetivo sobre las
capacidades del futuro docente. Esto pudo haber contribuido a la multiplicidad de corrientes
ideológicas de la universidad sajona. La universidad estadounidense, originada dentro del
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